Ha pasado un mes de nuestra llegada: entre fiestas y exasperante lentitud de la burocracia local, todavía nos falta mucho para instalarnos: solo esta semana recibimos nuestras tarjetas diplomáticas, que son nuestros documentos aquí y son necesarias para la mayoría de los trámites. De trasladarnos a casa todavía no se habla, quizás en un par de semanas: todo es lentísimo, una dimensión que a menudo olvidamos en Europa, donde exigimos respuestas rápidas (en Italia ni tanto…).
Lunes y martes son otra vez festivos: el noveno y décimo día de Muharram, primer mes del año islámico, especialmente importante para los chiitas, que el martes recordaran en el Ashura la muerte del Imam Hussein, nieto del Profeta y según su versión su legítimo heredero al frente del Islam. Es en esta ocasión que se celebran, alrededor de las mezquitas de observancia chiita, las famosas procesiones de flagelantes, algo parecido a los nazarenos de las semanas santas españolas: solo en Islamabad alrededor de doscientas. Yo nunca las he visto en vivo porque en el único país musulmán donde había vivido con anterioridad, Marruecos, no hay presencia chiita.
El problema es que, debido a los notables problemas existentes entre sunitas y chiitas en todo el mundo islámico, estas procesiones son tomadas por los sunitas radicales como provocaciones, y a menudo son objeto de ataques violentos o con explosivos; en occidente se pierden en la confusión que rodea los atentados en esta región, pero las ceremonias chiitas son a menudo detonante de los atentados más graves. Por esta razón, no podré ir por la calle a verlas en primera persona, todas las embajadas lo prohíben, y los mismos paquistanís limitan al máximo sus salidas de casa: solo el año pasado murieron 10 personas en la vecina Rawalpindi. Una lástima que una manifestación religiosa muy particular y participada (los latigazos de los flagelantes van en serio y provocan abundantes sangramientos) se vuelva razón para choques por otra parte seculares. Y que la geopolítica actual no hace que exacerbar.
Siempre en materia religiosa, la semana pasada participamos en una ceremonia budista por la paz en la región en Taxila, antigua ciudad en la ruta de la seda, hoy en ruinas pero con importantes restos arqueológicos: arquitectura budista con fuerte huella helenística, dado que la ciudad fue una de las etapas de Alejandro y la influencia de los cánones griegos es muy visible en las estupas (templos) budistas. La impresión de fusión religiosa recuerda en pequeño, para quien los conocen, los templos de Angkor Wat en Camboya que nacieron hinduistas con la dinastía khmer para volverse después budistas. Taxila era una importante ciudad del reino di Gandhara, que fue hinduista, budista, budista – helenista, para después decaer con las invasiones musulmanas.
Por curiosidad, existe en Paquistán un valle en el cual viven descendientes griegos de los macedones de Alejandro, que practican una religión pagana y producen, únicos aquí, vino y licores. Taxila es, como la mayor parte de los sitios arqueológicos en esta parte del mundo, diferente de los nuestros: mucho más desperdigado, incomodo de visitar, errando entre aldeas y greyes: una sensación quizás parecida a la de los ingleses que en su viaje iniciático a Italia nos hicieron redescubrir unas ruinas que habían quedado siendo reductos de pastores y su ganado.
La ceremonia religiosa tenía una fuerte carga simbólica porque era budista, pero por definición abierta a personas de todas las confesiones, y se desarrolla en un momento de fuerte empuje del radicalismo religioso, que está expandiendo en esta parte del mundo., provocando cada vez más intolerancia hacia los otros credos, que sin embargo tienen siglos de presencia. Llama la atención que en monasterio budista en el cual estuvimos (Jaulian Monastery) se trataba probablemente de la primera ceremonia religiosa en catorce siglos, desde que los monjes se fueron con la llegada de los invasores islámicos.
Los jóvenes presentes iban casi todos vestidos de verde: les preguntamos si la cosa tenía una explicación ritual y o, eran los colores de Paquistán: nunca olvidar la importancia del sentimiento nacionalista fuera de Europa. El estado – nación se ha visto erosionado en nuestro continente, pero en el resto del mundo la bandera sigue contando. Para un europeo, acostumbrados como estamos a la secularización y al peso relativo de la diversidad religiosa (eres religioso o no, pero no estamos acostumbrados a la convivencia entre diferentes religiones, con la excepción de la subida reciente del islam), es importante notar la importancia también de la pertenencia confesional y de sus implicaciones políticas, que caracteriza toda esta inmensa región que va de Marruecos al Mar de China. La identidad religiosa te define mucho más que la social, un error considerarla «un detalle».
Una parte muy importante de mi trabajo consiste en representar a la UE en reuniones públicas, eventos, seminarios sobre los más variados temas. Con el tiempo, me he ido sintiendo cada vez más a gusto al hablar en público, lo que para otros es una via crucis. ¿Quien hubiera dicho que el chico tímido y callado de un tiempo se trasformaría así? Cosas de la vida. Sin eso, mi trabajo sería como para un bailarín no hace ruso de las piernas: misión imposible.
En el fondo, nuestra primera función es representar a Europa, dar a conocer su realidad, sus posiciones y sacar la máxima información sobre las de nuestros interlocutores para orientar a acción. Fundamental entonces hacer relaciones públicas y desarrollar la capacidad de conocer y darse a conocer.
En este marco, uno de los aspectos más difíciles al cambiar de país es aprender a adaptarse al sentido del humor prevalente. Se tarda un poco en captar las claves del humor, de los comportamientos que generan empatía. Yo estoy a gusto si puedo intercalar mi discurso con cierto humorismo cómplice, y a disgusto si tengo que quedarme en un nivel formal. La transferibilidad del sentido del humor es limitada, y este es uno de los aspectos que algunos de nuestros líderes políticos (italianos), en su autoreferencialismo, nunca entendieron: en el ámbito europeo, multilingüe y mediado por traductores, las bromas no impactan lo mismo que lo hacen en tu país, donde la complicidad es más directa. Si abusas de ellas, das de ti (y de tu país) una imagen ligera: y además, no se entienden.
En el día a día en las oficinas de la UE, donde se trabaja en inglés y (cada vez menos) en francés, que nos guste o no prevalece el humor de tipo británico, y no es fácil encasillar otros. En las cumbres ministeriales las bromas son funcionan para nada, mejor evitarlas (nuestros líderes se hartaron de hacerlas, curioso que nunca entendieran que eran contraproducentes).
Importante pues respirar el clima del país, entender cómo se ríen, que los mueve, que grado de espontaneidad y personalización adoptar.
En Brasil, mi primer destino extra – europeo, en poco tiempo me fue fácil adquirir las clave del humor: muy directo, informado sobre la actualidad, incluida la futbolística (nunca te ganarás un auditorio brasileño si no haces referencia al futbol), con cierto grado de complicidad hacia unos aspectos lúdicos del ser brasileiro. Fundamental, para generar simpatía, ir intercalando expresiones idiomáticas locales que no enumerare aquí. Para que la gente te escuche con simpatía e interés, tienes que hablar SU lengua, usando expresiones que les resulten familiares. Además, tienes que cambiar el lenguaje según el ambiente en el cual estés: no lo mismo dirigirse al Congreso que a o hablarle a los vecinos de un barrio donde estas trayendo electricidad o un centro de salud (cosas hechas no en Brasil sino en El Salvador): en todas tienes que encontrar las palabras adecuadas.
Uno de los grandes fallos de los malos oradores es hablarle a todo el mundo igual, porque no demuestras empatía, ni que te has molestado en prepararte pensando en ellos. De esta manera, los pierdes y fallas en tu objetivo de comunicación.
Cuando de Brasil pase a India, me di cuenta en seguida que el mismo tipo de humor, complaciente y simpático, no cuajaba: inútil buscar la complicidad de un público para el cual yo seguía siendo diferente. Millones de brasileños tienen raíces italianas o europeas, y para ellos yo podría perfectamente ser brasileño. Para un indio o un paquistaní, no way, siempre serás diferente de ellos. También lo he visto en el caso de los compañeros que aprendieron bien el hindi, lo cual yo no conseguí, y que volveré a intentar ahora con el urdu (al fin y al cabo son la misma lengua, tengo una segunda oportunidad): no siempre ese esfuerzo se aprecia, porque de todos modos se quiere que sigas siendo un outsider.
Con el tiempo aprendí a moverme en el espacio indio: me acostumbre’ a convivir con sus ritmos (las guirlandas de flores, los sempiternos tés) y secundar su vanidad. Aprendí a usar metáforas del cricket y hasta a jugarlo (para India y Paquistán cumple la función de nuestro futbol: si te pierdes el cricket, te pierdes parte de este mundo). Entendí que usar ejemplos históricos no es útil porque no están acostumbrados a ello: las referencia que un público indio maneja son las a su mitología hindú, no a la historia de la India (y obviamente no a la europea: nada más llegar a India me sorprendió un sondeo entre adolescentes que situó a Adolf Hitler como el personaje histórico más importante del siglo XX: uno habría pensado Gandhi, ¿no?).
En El Salvador es importantísimo tener en cuenta la fuerte religiosidad católica: toda ceremonia pública empieza con himno nacional y bendición. De vuelta a Latinoamérica, se creaba otra vez una relación cercana, pero hay que recordar que las sociedades centroamericanas son muy diferentes a la nuestras y también el humor se adapta. Otra vez el futbol a escena, pero esta vez español: Barça y Madrid tiene más hinchas en Centroamérica que en España, y no tuve dificultas en comulgar con la parroquia más numerosa: la blaugrana, a la cual yo también pertenezco. El gran éxito del equipo en esos años ayudo mi retórica, las victorias hacen magnánimo.
Aquí en Paquistán todavía no he hablado gran cosa en público: estoy intentando entender las claves de la elocuencia local. Hablan un inglés salpicado de urdu, a vez media frase en cada lengua, e incluso el acento no ayuda, a veces se sigue mal. Ya entendí que sobre religión y costumbres sociales no se bromea. Veremos: si al final de mi mandato acabare’ contando chistes medio en inglés y medio en urdu me hare’ popular: de momento, la cosa se antoja complicada.
Islamabad, 3 de noviembre de 2014.