Pasó bastante tiempo de mi última entrada, escrita a finales de febrero. Desde entonces estuve muy tomado por compromisos y viajes, que no me dejaron ningún tiempo para escribir, ni el diario ni otros proyectos que llevo pensando hace tiempo y que también me gustaría llevara para adelante. También estuve ausente de las redes sociales.
No que las próximas semanas se presenten mucho mejor, sin embargo espero encontrar algún resquicio de tiempo. Inshallah, como se dice por aquí.
En la página de hoy no hablaré tanto de Paquistán como de la India, en línea con la idea que tengo de ampliar mis reflexiones también a experiencias pasadas. Por qué la India? No tanto por tratarse del antagonista histórico de Paquistán desde su nacimiento (con la famosa Partition de 1947 de lo que se conocía entonces como la India británica) y porque su relación con la India condicione mucho la vida de este país, sino porque a primeros de marzo estuve algunos días en Nueva Delhi, donde trabajé de 2002 a 2006 como consejero comercial de la UE (entonces Comisión Europea).
Curiosamente, era la primera vez que volvía a un país en el cual haya tenido un puesto diplomático: sigo siempre muy de cerca la actualidad de «mis» países, pero no he vuelto a Brasil desde 2002, ni a El Salvador después de haberlo dejado en 2013. Como no había vuelto a la India desde 2006.
La ocasión ha sido repentina: una invitación de la catedra europea de la Jawaharlal Nehru University de Delhi para abrir un congreso sobre «India, Paquistán y la Unión Europea», que abarcaba posibles convergencias y escenarios de cooperación entre la UE y los dos principales países sur – asiáticos.
En el pasado, había colaborado mucho con la Nehru University, una de las principales universidades indias, y publicado con ellos varias intervenciones sobre las relaciones entre la India e Europa.
La agenda euro – paquistaní es diferente a la euro – india: si con la India tenemos una relación ahora fundamentalmente económica (desde el año pasado ya no financiamos cooperación al desarrollo con ese país, considerado economía emergente y ya no receptor de ese tipo de intervenciones), con Paquistán tenemos una relación más articulada: un compromiso importante de cooperación (635 millones de euros, principalmente en educación, formación profesional, desarrollo rural y apoyo a los derechos humanos), importantes concesiones comerciales (para favorecer la estabilidad de este país admitimos la mayoría de sus productos sin arancel) y un diálogo político amplio, que abarca temas complejos como migraciones, lucha contra el terrorismo, respeto de los derechos humanos.
Mientras India, que es muy grande y se siente fuerte, a menudo ignora a Europa (en su grandilocuencia, los indios se equiparan a americanos y chinos en el escenario mundial, puede sonar raro a quien no los conozca pero ellos así se consideran), Paquistán le da mucha importancia a la UE, vista como un útil contrapeso a la alianza con Estados Unidos y un importante interlocutor de Paquistán en muchos ámbitos.
Para un diplomático o en general un extranjero, trabajar en la India es una experiencia compleja: por un lado el choque con una sociedad muy diferente las nuestras, con valores y comportamientos que impactan, por el otro el desmedido orgullo indio, que infravalora sistematicamente a un interlocutor de fuera, a menudo considerado «culturalmente inferior» (vuestra historia ha sido brillante durante algunos siglos, pero India ha definido la cultura mundial durante milenios antes de Occidente, y el futuro también vé vuestra decadencia y nuestra vuelta para arriba: así ven las cosas).
El argumento de la «modernidad» de nuestras respectivas sociedades no tiene mucho peso en la India, porque su etnocentrismo supera con mucho la importancia para ellos del concepto de progreso: nosotros los occidentales lo consideramos el motor de la historia, pero ellos, cuya concepción del tiempo es circular, no linear, no le dan mucha importancia. Y para los indios, civilización colectiva, tienen más importancia las dimensiones absolutas, que los favorecen (son mil doscientos millones!) que las pro capita, más importantes para nosotros que ponemos el individuo en el centro. Ellos ponen el grupo, no la persona (se piense también al concepto de casta y a la solidez de la familia amplia).
Ciertamente, llegar a conocer a la India, no la fragmentada e artificial que cada uno de nosotros se inventa o se imagina, sino la extraordinariamente rica y compleja que es la real, ha sido uno de los grandes privilegios que la vida ha concedido a mi familia y a mí: este país no puede dejar indiferentes. Tiene una fuerza interior alucinante y no puede no cambiar en cierta medida tu concepción del mundo cuando hayas vivido aquí un tiempo. India es sin duda «otra cosa» comparado con el resto del mundo y hay que tomarla por lo que es, no por lo que nosotros hacemos de ella.
Mi amor por la India es sobre todo visual (colores, olores, sabores que me acompañarán siempre) y cultural, pero no comparto la concepción de esos occidentales que se «rinden» a la India, aceptando tal cual la idea muy india de la superioridad espiritual de esta cultura sobre las nuestras: conocer a la India enriquece mucho espiritualmente a través del contacto con las múltiples religiones indias (hinduismo, pero también el budismo nació aquí antes de desaparecer de este país y el sikhismo, el jainismo, el Islam, el cristianismo y el zoroastrianismo son religiones importantes en la India) que componen un cuadro de extraordinario estímulo cultural e intelectual: acercarse a la India abstrayéndose de su diversidad religiosa es ejercicio destinado al fracaso.
Pero los occidentales que, desde los Beatles en adelante, toman del hinduismo algunos aspectos superficiales abstrayéndolos del contexto de una sociedad de por sí dura e injusta, trasforman esos fragmentos de hinduismo en algo relativamente artificial, una espiritualidad construida que ni es hinduista: de hecho, esta religión solo vale para quién haya nacido en su interior, un extranjero no puede convertirse ni si se lo propone o lo manifiesta exteriormente. En este sentido, el hinduismo no es una religión universal, sino un sistema de valores y reglas vigentes solo para indios. Aunque algunos conceptos, como la meditación, el ayuno, la separación de la materialidad son profundamente universales y han influido otras religiones importantes del mundo (uno de los descubrimientos más sorprendentes que he hecho en la India es que mucho del cristianismo viene del hinduismo, a veces tal cual, sin que se subraye nunca ese aspecto en occidente. Se suele limitar la influencia admitida al mundo griego – romano, ignorando las fundamentales aportes orientales).
No me he rendido por lo tanto a la India tomando por buenos sus argumentos: concuerdo con Terzani que sostenía que en India redescubres la esencia de la humanidad: la sociedad india con su órden ultrarígido y sus infinitas incoerencias y asperezas te presenta de cara en cada instante el meollo de la experiencia humana, sin disfraces, sobreestructuras y anhelos de «progreso». En el caso de los occidentales, existe un fenómeno, diagnosticado en sicología, que explica la rendición incondicional a lo indio como una vuelta a la adolescencia: la brutalidad de la vida india te obliga a reposicionarte ante los valores centrales que determinan la vida humana. Si esto es verdad, no lo es sin embargo que sus respuestas sean siempre las válidas, sobre todo cuando se renuncia al cambio de tu entorno en favor de una más personal búsqueda de «liberación espiritual», aspecto central también de esa otra gran religión india que es el budismo.
India es de todos modos una gran prueba, una experiencia de vida excepcional, que creo que hay que plantearse con realismo y con la mente abierta, sin aprioris (les pasa a muchos) ni rendiciones incondicionales. En la India hay todo y su contrario, no es ni el infierno ni el paraiso, solo un país de personalidad única.
Profesionalmente, la experiencia india me dio a entender que: 1) un nuevo mundo, no centrado ya en occidente, estaba emergiendo; 2) que no es verdad, como había pensado hasta entonces, que los no occidentales aspiren a volverse como nosotros. También es verdad para la otra gran potencia asiática: alguien piensa que los chinos quieran «volverse occidentales»?
Los indios están muy orgullosos de su cultura y su sociedad, y no quieren cambiarlos por las nuestras. Tienen valores muy sólidos a los cuales no piensan renunciar, como la priodidad dada a la familia (realidad a la cual nosotros hemos renunciado en nombre de la realización individual) y les resulta complicado pensar en términos de igualdad entre individuos (en esto me siento 100% occidental).
Sin cambia la esencia de su sociedad, solo quieren acceso a más bienes y servicios, o sea desarrollo económico. Sin que este fenómeno, ya en marcha hace años, lleve a profundos cambios de sus estructuras sociales. En los años indios aprendí que occidente NO ES el destino inevitable de la humanidad, por mucho que nos cueste creerlo.
Volviendo a lo mío, mi breve paso por Nueva Delhi me ha dejado impresiones mixtas: la prima sorpresa positiva fue el aeropuerto Indira Gandhi, moderno y funcional, otra cosa comparado con el superanticuado de mis años. Impresionante desarrollo urbano entre Gurgao y Delhi, con decenas de hoteles supernuevos, señal de gran dinamismo económico.
Notable desarrollo de la metropolitana, que se acababa de inaugurar en 2006 y hoy cubre mucho más de la ciudad: muchas inversiones también públicas en la última década, un gran cambio frente a la tradicional inercia anterior.
Intenso tráfico privado, en una ciudad atascada y muy poluída. Sin embargo, la Delhi vivida con la familia, la «Lutyens Delhi» edificada por los británicos a inicio del XX, ha quedado idéntica, con sus edificios fascinantes, viejos y decadentes.
La escuela de Matías, el Liceo Francés de Aurangzeb Road, igual a sí mismo, así como calles de la zona, incluso Khan Market, frecuentado por todos los expatriados de Delhi, igual pero ahora alcanzado por el metro.
Delante de Khan Market me esperaba, malincónica y vacía, la ex-sede de la Delegación de la Unión Europea, que se acaba de mudar hacia el barrio más moderno de Shanti Niketan. Con los pies metidos en los notables charcos de las calles de Delhi y bajo una luz muertecina me acerqué al edificio, vacío y oscuro, aún visibles las marcas de la presencia europea: extraña sensación la de estar observando un lugar que fue durante cuatro años el centro de tu vida y verlo tan familiar y tan vacío, te parece imposible.
El día después fuí a ver a mis ex-compañeros en la nueva sede: todos nuevos los europeos, obviamente, mientras muchos indios todavía siguen. Hablando con ellos, la extraña sensación que te deja que alguien se dedique a la actividad que fue la tuya años atrás, y la sorpresa de algunos en descubrir que lo que te dicen te resulta muy familiar y que esté en continuidad con un pasado que tú conoces muy bien: curioso la poca atención que se presta, en nuestro quehacer de cada día, a la continuidad con lo que viene del pasado, y como somos llevados a pensar que solo el presente cuente, como si nuestros días no tuvieran un ayer y un mañana.
Entre el viejo edificio y el de hoy, me ha quedado una impresión parecida a ver alguien vestido con ropa que fue tuya y que en seguida reconoces.
Nuestra vieja casa de Malcha Marg, tan tipícamente india, igual a sí misma: está vacía, y parece precaria frente a las casas vecinas, todas nuevas y de tres pisos, y ella tan anticuada, con sus elementos decorativos pintados en rojo sobre fondo blanco, como lo quiso Isabel: en frente, el jardín donde circulaban los diez perros callejeros cuidados por Matías, en el cual entrenamos la primera vez en el equipo de fútbol que sería el nuestro, los Mehrasons de la Little League en la Embajada Americana: Mati de libero, su papá entrenador, su mamá organizadora de meriendas (nutricionista sería mucho decir).
No pudiendo estar con ellos esta vez, celebré simbólicamente en el restaurante del barrio con una majestuosa combinación de Dal y Murg Makhani: mi plato favorito y el suyo, una orgía de buenísimo y muy grasienta comida india. No apto para la noche, pero no quedaba otra.
De la interesante conferencia en la Nehru University saqué la conclusión que plantear una imágen positiva o por lo menos posibilista del escenatio paquistaní ante un público indio es impresa estéril: demasiado distantes sensibilidades y visiones, con los unos que consideran a los otros causa de todo mal. Aunque muchos paquistaníes piensen lo mismo de ellos. La realidad es más compleja, pero resulta más cómodo aferrarte a tu visión como a un salvavidas. Aunque poco útil, si no te esfuerzas de entender las razones de los otros, que también existen.
Continúa—30 de abril de 2015