En estos días me he estado preguntando por qué las dificultades iniciales, más o menos corrientes en cada inicio en un nuevo país, y tan parecidas en este a las que encontramos en la India hace doce años (tantas dificultades logísticas en un país organizado de forma completamente diferente a Europa y con criterios de calidad muy distintos, o inexistentes; casas grandes, feas y mal construidas, a precios triplicados comparados con la lógica, sin que como extranjeros y debido a las reglas de seguridad podamos obviar a este sistema, que favorece a los propietários en detrimento de los inquilinos; tiempos infinitos para resolver cualquier cosa, tipo el mes que llevamos en intentar abrir una cuenta corriente, quién sabe por qué (y son solo unos ejemplos), me estén resultando tan pesados ahora en comparación con 2002.
Creo que eso se debe a tres factores: por un lado, tenemos doce años más, y somos menos pacientes. Segundo, uno siempre piensa que las experiencias negativas no se repitan en el tiempo, solo para descubrir que haber pasado por ella antes no te las evita: simplemente te preparan a enfrentarlas con una perspectivas diferente, pero tienes que hacerlo igual. Tercero, y creo que decisivo: esta es la primera vez que pasamos a través esta dificultad y el estress derivado, sin que nuestro hijo Matías esté con nosotros. Tiene veinte años y estudia en España. Su lejanía, su ausencia cada noche cuando se evaluan los (escasos) avances del día es el precio más caro a pagar a nuestra profesión, sobre todo cuando la ejerces en un país difícil como este. Por un lado te deja más tranquilo que no corra riesgos aquí, donde por otra parte no podría estudiar, por el otro lado te falta terriblemente su presencia física: la gran ventaja de la primera parte de una carrera internacional es que tu hijos están contigo, todo el resto viene después. En la segunda parte puedes alcanzar puestos más prestigiosos, pero sientes más el peso de la distancia.
Otra cosa a la cual te acostumbras con dificultad, y esto aquí, no en otras partes, son los coches blindados, las escoltas, la sensación de nunca estar solos, nunca libre de verdad. Por otra parte, es difícil sentirse a gusto cuando no puedes pasear, ni moverte libremente por la ciudad. Una primera consideración: los coches blindados son muy incómodos. Las puertas muy pesadas, el ambiente interior poco confortable. El otro día preguntamos por qué las ventanas de una casa que nos gustaba fueran tan oscuras: ingenuamente pensamos que la capa negra tuviera por finalidad reducir el calor. Qué va: es para evitar que en caso de explosión los cristales se vayan por todas partes convertidos en balas. Lo mismo en el coche. Menudo plan.
No es raro que cuando se vive en estas condiciones la cosa que más te falta no sean tiendas rebosantes, bebidas alcohólicas o variedad de restarurantes, sino poder caminar por la calles sin temores.
En estas semanas se han producido en este país eventos que han hecho ruido en el mundo: aparte la confirmación de la pena de muerte por blasfemia de Asia Bibbi, de la cuall ya hablamos, también el asesinato por una multitud de una pareja cristiana en una aldea de Punjab: se les había acusado de blasfemia, porque se habrían encontrado en su basura unas hojas del Corán. Una multitud rabiosa, arengada por el imam local, les ha linchado y quemados en un horno. Historias de ordinario horror.
En la prensa europea noticias de este tipo, que sean de India, de Paquistán o de oriente medio, se suelen presentar como «una ofensiva contra los cristianos». La realidad es más compleja, aunque no menos preocupante.
La que se está dando en el mundo musulmán es una radicalización religiosa de la sociedad, inspirada en partes iguales por un rechazo generalizado de occidente, de una globalización inspirada en valores ajenos al Islam, del fracaso económico de muchos países islámicos, incapaces de ofrecer perspectivas a sus poblaciones y del apoyo por parte de los países del golfo, interesados en buenas relaciones económicas con occidente, al cual venden gas y petroleo, pero también evitar esa democratización que un desarrollo económico compartido generaría.
Países como Paquistán o Afganistán, aún sin haber sin haber sido nunca «occidentales» en el pasado, habín experimentado cierto desarrollo en esa dirección en sus realidades urbanas. No en el campo, donde vive la mayor parte de la población. Desde los ochenta en adelante (revolución islámica en Irán), y definitivamente desde el 11 de septiembre, esa tímida tendencia revertió, y el radicalismo volvió a prevalecer. Hoy el radicalismo, enseñado en las madrassas, en las cuales millones de chicos estudian solo materias coránicas, compite no con el Islam moderado, sino con el conservador, inmóbil en materia social. El islamismo moderado que tanto gusta en occidente, laico, moderado y tolerante, está en franca minoría aquí.
Para sobrevivir a la ofensiva del radical, cada vez más agresivo, el Islam conservador prefiere contemporizar, sin obstaculizarlo, bloqueando la sociedad sobre posturas nuy lejanas de las que consideraríamos normales en occidente.
Los radicales interpretan a la letra el Corán, escrito en el siglo VI d.C., y sobre esta base justifican la eliminación física de los politeistas y la sumisión de las otras religiones monoteistas (no eliminación, sino ciudadanía de segunda) Una realidad que lleva existiendo siglos en tierra islámica, pero que ha cobrado nuevo vigor en las últimas décadas debido a la radicalización en curso. Los cristianos llevan siglos viviendo como minoría de segunda, pero respetada. El auge del radicalismo volvió a poner de moda lecturas de la situación del siglo VI d.C.
Este desarrollo se vio favorecido también por la actitud de quién veía en el comunismo el nemigo a abatir, y para conseguirlo toleró o apoyó quién se le opusiese, fuera quién fuera. La lógica «el enemigo de mi enemigo es mi amigo SIEMPRE GENERA MONSTRUOS».
En este marco, los integralistas sunitas consideran sus enemigos cualquiera diferente de ellos: chiitas, otras minorías musulmanas, cristianos, hindués, budistas, mujeres emancipadas, progresistas, reformistas.
Los cristianos están en Paquistán entre las comunidades más pobres y marginadas: no se les ataca por cristianos por cristianos, sino por ser minoría, en un país que discrimina cualquier minoría. Por lo tanto, no es una ofensiva contra los cristian contra cualquiera distinto de la mayoría.
La pobre pareja linchada y quemada no había cometido ningún acto de blasfemia: erano campesinos pobres endeudados, que le debían dinero al proprietario de la tierra que trabajaban: invocar blasfemia fue simplemente un modo para castigarles, y avisar a otros en la misma situación. La religión se vuelve una excusa para intensificar la presión social, en un país pobre y muy clasista.
Por otra parte, la ley de blasfemia se usa sobre todo en contra de musulmanes, a menudo minoritarios, aunque en Europa se hable solo de los casos contra cristianos, de por sí muy graves (las primeras reacciones del gobierno han sido de condena, y muchas personas que participaron en los hechos han sido detenidas, veremos lo que sigue, a menudo decepcionante). Pero la que está en curso en el mundo musulmán no es una guerra contra el cristianismo, sino contra la diversidad, contra el pluralismo.
Ante situaciones tan monstruosas, en un país en el cual los derechos humanos son violados sistemáticamente, lo tribunales nunca condenan a nadie por delitos cometidos contra las minorías, que sean religiosas, étnicas, mujeres o niños, a veces te gana la desazón: con todas las presiones que los socios internacionales puedan hacer, los avances son lentos, limitados, más ligados al cambio social y de mentalidades que a las acciones de un gobierno.
La consciencia de querer cambiar tiene que venir desde dentro, y no es fácil verla. También la reciente visita del representante de la UE para derechos humanos, Stavros Lambrinidis, confirmó todas las dificultades, y los escasos avances. Incluso ligar el acceso de productos de Paquistán a nuestro mercado a progresos concretos en el campo de derechos humanos, a través del mecanismo llamado GSP +, tiene límites y hay que usarlo con prudencia.
En este marco complejo, en una parte del mundo donde ser occidental no genera simpatías, sino sospecha (la visión prevalente aquí es que nosotros occidentales queremos humillar constantemente a los musulmanes, tenemos que actuar con circunspección), promover los convenios internacionales de respeto de los derechos humanos que Paquistán libremente subscribió, como la sobre el derecho de los niños que cumplió esta semana 25 años, es muy importante. Recordémoslo, no son derechos occidentales, sino universales, y cuando un país suscribe un convenio se obliga a respetarlos y promoverlos en la legislación y en la práctica.
Para dar una idea de las dificultades de ciertos temas, piénsese que la semana pesada la asociación de escuelas privadas de Paquistán prohibió el uso del libro de Malala, considerando que promovería valores “anti – islámicos”: aclamada en el mundo, criticada en casa.
Esta semana intervine dos veces sobre el tema: en un festival de promoción de los derechos de los niños, en el cual una ONG financiada por la UE presentaba espectáculos de marionetas que cuentan historias relacionadas con los derechos de los niños (15 millones de niños en Paquistán no acuden al colegio, 10 millones niñas, y muchos trabajan). Y en un congreso sobre el tema en una universidad de Islamabad.

Todavía no estoy muy acostumbrado a encontrarme ante un público musulmán, en el cual por ejemplo casi todas las estudiantes llevan pañuelo, pero más me sorprendió enfrentarme a niños de diez años en el primer evento. Tuve que cambiar el discurso que tenía preparado, centrado en convenios internacionales, compromisos y legislación, para concretar mejor con un público tan joven. Y al hablar después de los muñecos, ¡todo un desafío!

Les conté que también en mi país había marionetas, llamadas “pupi”, nombre muy parecido a “puppets”, para decirles que las diversiones que les gustan a los niños son muy parecidas en todas partes: estamos ligados unos a otros por tantas cosas que tenemos en común, más allá de nuestras culturas. E de mi sorpresa cuando, ya mayor, había descubierto a los “pupi” también en el norte de África, entendiendo que no eran propios de nuestra tierra, como había pensado hasta entonces: cuanto en común tenemos en este inmenso espacio entra el mar Mediterráneo y el océano Indico, cuando intercambiamos y nos influenciamos unos a otros, ¡incluso sin estar conscientes de ello!

No sé si habré tenido éxito con mi planteamiento, pero algunos chicos de las primeras filas me dijeron que mi discurso les había gustado más que los otros. Quién sabe.
Mi primera conclusión de este periodo aquí es que la batalla cultural es inmensa, difícil, y que será un camino lleno de dificultades y frecuentes frustraciones. Nada de “fin de la Historia”.
Islamabad, 23 de noviembre de 2014.